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La seducción y el cine

Actualizado: hace 5 días

“Aquel que ha contemplado la belleza está condenado a seducirla o morir"

Muerte en Venecia 

 

El diccionario asentará que seducción “es toda persuasión para inducir a alguien hacia cierto fin o comportamiento…”  Pero esta acepción es demasiado incluyente, y admite desde el comprador compulsivo hasta quien cae en las mieles del poder, pasando por la gula, el odio y montones de otras incitaciones.

Sin embrago yo -básico y terrenal- prefiero divagar sobre la seducción en la obviedad del primer impulso: lo sensual, que a mí (y sospecho que a algunos millones más) nos mueve.

Me sirvo del cine para abordar el asunto.

Asumamos que muchas de las imágenes sobre dicha seducción se nos han impregnado vía la pantalla, grande o chica. Repaso aquí algunas entrañables películas para asentar mi punto: quien importa no es el seductor sino el seducido. 

En el “Ángel azul” (Josef von Sternberg, 1930) el cincuentón profesor Rath se ve atrapado en un bar de mala muerte por los encantos de la cabaretera Lola-lola, una Marlene Dietrich que fija aquí su mito y arquetipo. El pobre profesor no tendrá más que aceptar su destino y la inminente caída libre a la degradación y la humillación. No hay otra salida.

En “Viridiana” (Luis Buñuel, 1961) el tío viudo observa fascinado a su veinteañera sobrina, recién rescatada del convento, cambiándose una media. Ese simple acercamiento de la cámara a la pantorrilla de Silvia Pinal quedará como uno de los momentos más sensuales y seductores en la historia del cine. Ya en la trama se reforzará la obsesión del tío -necrófilo además de viudo- por reinventarse el placer, recreando en su joven sobrina a la esposa muerta. La culpa, la religión y su doble moral burguesa lo llevarán al suicidio.

En “Muerte en Venecia” (Luchino Visconti, 1971) el músico Gustav Aschenbach (obvia alusión para muchos a Gustav Mahler) visita la Venecia de principios del S. XX para reflexionar sobre el arte, la perfección y la belleza. La casual presencia de Tadzio, adolescente polaco de belleza andrógina, que vacaciona con su familia, provocará en el músico una atracción súbita, incontrolable y devastadora. Pareciera como si toda búsqueda intangible de pronto se materializara en el chico.  Deambulará por Venecia espiando a distancia a su objeto del deseo, quien en algún momento se da cuenta y acepta el juego platónico. La llegada del cólera a la ciudad dará el pretexto al músico para quedarse atrapado a perseguir su ideal. En un esfuerzo por confundir al tiempo, descubre un nuevo elixir de la juventud: el tinte para el cabello. Gustav muere sentado en la playa extasiado ante la silueta de Tadzio sin siquiera haber cruzado palabra alguna. Un par de hilos del tinte derretido por el calor se deslizarán por su sien… 

Se dirá que en los tres casos los personajes, maduros y desprevenidos, son víctimas de su fragilidad ante la juventud y belleza.

Me parece que es más intrincado. La belleza por sí sola no es seductora: todos caeríamos abatidos ante un canon universal de belleza o un catálogo establecido de personajes perfectos. Porque lo que seduce al tío de Viridiana es la transgresión religiosa y moral, al profesor de “El ángel azul” el rompimiento con un pasado rígido y rutinario; y en “Muerte en Venecia” es la búsqueda de la inmortalidad mediante la conexión del arte y la belleza con lo terrenal.

La seducción tiene que ver más con los deseos y carencias del seducido… El seductor hace realmente muy poco… Nos seduce a pesar de él. Le toca simplemente ser o estar: los seducidos ponemos el resto. No hay códigos. Nos puede atrapar por igual lo perfecto o lo imperfecto, lo sofisticado o lo ordinario, lo completo o lo mutilado, lo magro y lo voluptuoso… Todo confluye en llenar un pasado de insatisfacciones mediante una percepción y promesa actualizada. Además, el logro del objetivo no garantiza la desaparición de la seducción: para muchos la exacerbará. Porque ante el deseo, la expectativa y el logro son al final dos cosas distintas.  

Ya en la antigua Roma las mujeres utilizaban gotas de belladona para dilatar la pupila y lograr un efecto lánguido y seductor… Pero nada, ni todos los afeites y estrategias, ni todos los manuales y ardides, garantizan el éxito del seductor. Se requiere de un candidato proclive.

El profesor de “Lolita” (en la versión de Kubrick, 1962) es proclive. Cierto que la inquietante coquetería adolescente de Lolita (Sue Lyon) chupando una lolly-pop ayuda, pero quién sabe si sería suficiente para la sobrevivencia de esa seducción. Ante la mojigatería de la época en que fue filmada, Kubrick propone una mirada mesurada que hace más atractivo e inquietante el juego que en la posterior versión de Adrian Lyne, vistosa pero en el fondo más condescendiente.

En “El graduado” (Mike Nichols, 1967) el joven Benjamin (Dustin Hoffman) recién egresado de la universidad, es seducido, en su regreso a casa por una amiga de la familia, la experimentada Mrs. Robinson (Anne Bancroft) mientras él se va enamorando de la hija de ésta (Katherine Ross) de edad y atributos más convencionales… Y aquí nos queda el sabor de que un placer no invalida al otro, que son posibles la seducción prohibida y luego la decisión consciente. Dicha noción sobrevive por suerte al velado puritanismo del filme.

Hay un ejemplo de seducción no intencional (esos seductores natos) en “Obsesión” (Damage, Louis Malle, 1992). El padre de una familia aristócrata y ministro en la Unión Europea (Jeremy Irons) sucumbe ante la misteriosa y etérea Juliette Binoche, novia de su hijo. La madre de ésta lo había ya advertido: “…aléjese, ella solo atrae la tragedia”. Tras apasionados encuentros clandestinos de suegro y nuera, el hijo los descubre haciendo el amor en el departamento de tercer piso en remodelación, que ambos jóvenes pronto compartirían… Atónito por lo que presencia, el hijo camina hacia atrás sin que el endeble barandal pueda impedir su caída y muerte. Ante la tragedia, el ministro abandona todo su mundo y se auto-exilia en un pequeño y apartado pueblo, donde años después, sentado ante la foto ampliada que cubre el muro de su estudio, en la que aparecen él, su hijo muerto y la mujer compartida, recuerda: “…muchos años después la vi de nuevo, en un aeropuerto y casualmente... Acompañada de quien debía ser su esposo y un niño. Solo cruzamos miradas… No era diferente a las demás”.

Aún en los casos donde pareciera que el seductor lleva el control, es la naturaleza y la pasión del seducido lo que hace posible el juego. Creamos nuestro propio paraíso e infierno a partir del deseo, del caos y del desconcierto de nuestra insatisfacción perpetua.

 

Porque los seducidos jugamos a sucumbir…

 

Ricardo Benet. Cineasta y fotógrafo veracruzano, reconocido internacionalmente. Sus largometrajes, documentales y cortometrajes han recorrido el mundo ganando múltiples premios en más de 60 festivales, llenando de orgullo a Veracruz y a México.

@ricardo.benet

 

 
 
 

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